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“La Alegría es un don”

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A veces me atrevo a pensar que la alegría no viene con la vida, porque generalmente lo primero que escuchamos de un niño, al nacer, son sus llantos. Pero, también creo que, al igual que la madre sufre su parto y se alivia, el niño siente su dolor al ver los primeros rayos del sol y su llanto termina siendo una sonrisa, ante los besos y cariño de su madre.

            Hay niños que no conocen a su padre, porque son fruto de una relación no querida, y el padre abandona su responsabilidad. ¿Será posible que ese niño viva la alegría como un don? Y sin embargo, ahí está la mamá, remplazando los cariños que traen alegrías. Conocí un esposo que quiso sentirse correspondido, y el amor buscado terminó por fracasar completamente, constatando un día, al regreso del trabajo, que de su casa sólo quedaban las paredes. Ni siquiera su mujer le dejó, aquella noche,  el colchón para que durmiera… Con una llamada de teléfono, aquel hombre cambió su tristeza en alegría, al escuchar a su mamá: “Hijito mío, entre lágrimas diciéndole,  no te preocupes, vente para acá. Te esperamos: aquí tienes siempre tu casa”.

            ¿Vivirá alegre el que pasa las noches bajo el puente, o encima de una mesa en el parque, o al amparo de la puerta de la iglesia? Y sigo pensando que sí, porque muchos eligen esa vida de andariegos, errantes y sin techo. Bueno, el techo siempre lo tienen, lo mismo sea la sombra de un árbol, que la puerta calentita de la iglesia. Se sienten felices porque Dios les cuida cada día. Quizá alguno de ellos se queje únicamente, porque la policía le echó del parque o porque la señora de la calle “equis” no le quiso dar un poquillo de dinero para su cervecita. Pero siguen viviendo la alegría de lo que ellos llaman “su vida”.

            Me convenzo que todos encontramos la forma de ser alegres. En lo hondo de mi corazón he llegado a ver que los hombres se sienten más alegres, cuando hay alguien que les dice: “Dios te ama así como eres” y, sobre todo, cuando tú te conviertes en la alegría de tu vecino, porque le repartes amor del bueno, amor que no tiene ningún interés por detrás, amor del que recibiste cuando naciste, porque nadie te preguntó si querías nacer: simplemente el que yo llamo Señor con mayúscula te trajo al mundo y te dijo con hechos: “Te amo y quiero seguir amándote por toda la eternidad”. Te digo que, al igual que la vida, la alegría es un don. Vívela hoy, mañana y pasado.  

Si no, “agarra la Ooooooooonda”. Tu amigo de siempre, P. Salvador Gómez, L.C.

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